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La especie humana ha llegado a situarse en lo alto de la inmensa totalidad de las cadenas tróficas del planeta. Con nuestra actividad hemos sido capaces de modificar ecosistemas completos, hemos interferido en los grandes ciclos planetarios, influyendo en última instancia sobre el clima. Hemos, incluso, llegado a modificar la inclinación del eje de rotación de la Tierra un par de centímetros tras la construcción en China de la presa de las Tres Gargantas. Nuestra huella es tan grade que algunos geólogos opinan que podríamos hablar de una nueva etapa geológica que se llamaría Antropoceno.

Una población humana que sigue en crecimiento provocará el aumento de nuestra presión sobre el medioambiente, aunque solo sea por el incremento de las necesidades alimentarias a nivel global. Y es posible que esa presión desencadene (en algunos casos, ya ha sucedido) procesos de reajuste o de búsqueda de un nuevo equilibrio que, a la larga, termine por perjudicar las condiciones de vida de esas mismas poblaciones humanas. De ahí que la preocupación por la sostenibilidad lleve años filtrándose, primero en las prioridades de los ciudadanos votantes-consumidores de nuestras democracias, y luego en las políticas de los gobiernos y organismos supranacionales y en las estrategias de las empresas.

El reto es reducir el consumo medio de recursos naturales en nuestras producciones y luego reducir también el consumo total de dichos recursos, suavizando en la medida de lo posible la influencia de nuestra presencia sobre los ecosistemas planetarios. La UE, por ejemplo, ha establecido como uno de sus objetivos medioambientales lograr la neutralidad en carbono para el año 2050. Suecia lo plantea para 2045.

Pero no es un reto de carácter nacional, ni siquiera de bloque económico. Es un reto absolutamente global, como el del coronavirus. No podremos vencer al virus luchando cada país o cada comunidad autónoma desde su propia trinchera. En este caso, como en tantos otros, la ciencia nos muestra el camino. Sus esfuerzos son casi siempre incrementales, cada avance se realiza sobre los avances anteriores de otros científicos de manera que el desarrollo de la ciencia es una labor cooperativa, acumulativa, sostenida y global. Solo de esta forma podremos superar el reto de la enfermedad en el corto plazo y el de la sostenibilidad en el medio y largo plazo. De nada serviría que la UE lograra ser neutral en términos de carbón si el resto del mundo no sigue sus pasos.

Dicho esto, y pensando en ese largo plazo, hay un ciclo natural que es absolutamente vital. Se trata del agua. No solo es en sí misma un medio que soporta diversos ecosistemas en su seno, sino que todos los ecosistemas terrestres precisan de ella para su funcionamiento. A pesar de ser un elemento de presencia masiva en nuestro planeta (no en vano le llamamos a la Tierra el planeta azul), lo cierto es que no está uniformemente distribuido en su forma más útil para los humanos y para la mayoría de las plantas y animales terrestres: es decir, dulce. Por eso nos hemos esmerado desde tiempo inmemorial en acercarla a nuestros centros de población y en ponerla a los pies de nuestros cultivos. Por otro lado, también sabemos de su capacidad destructiva y hemos dedicado grandes recursos a domar los cauces para alejar el peligro de las ciudades y para producir energía, el gran insumo de nuestro actual nivel de desarrollo.

Así, aunque resulte paradójico, hablamos de escasez de agua en muchos lugares del mundo, entre los que se cuenta una gran parte de nuestra península ibérica. Por eso en las últimas décadas nos estamos esforzando por obtener agua desalada del mar o de los acuíferos salobres, y por depurar y reutilizar las aguas de nuestros procesos productivos y de nuestros núcleos de población.

Es por tanto bastante evidente que los efectos de la aplicación de la innovación y la tecnología en el ámbito hídrico tiene un enorme potencial transformador, con un mercado a priori global. En este ámbito se encontrarían tecnologías para mejorar los procesos de desalación y depuración, para aumentar la eficiencia de los sistemas de distribución urbana y rural, para ajustar los riegos a las necesidades reales de los cultivos, para obtener energía renovable de su uso o para abaratar su potabilización. Todas esas aplicaciones y otras que a lo mejor aún no somos capaces de imaginar, pueden contribuir a mejorar la vida de miles de millones de personas a lo largo y ancho del planeta. Y todas ellas tienen también una gran influencia para acercarnos al gran objetivo de la sostenibilidad de nuestros sistemas sociales y económicos.

Conscientes de esta realidad, desde la banca cooperativa Cajamar queremos contribuir apoyando el nacimiento de nuevas ideas y tecnologías en torno al agua. La aportación de apoyo financiero ha estado siempre entre los principios de nuestra organización, con sólido anclaje en el sector agroalimentario, uno de los grandes consumidores de agua en nuestro país. Pero ahora, queremos dar un paso más y estamos poniendo en marcha una incubadora y aceleradora de empresas especializada en tecnologías del agua que, aunque se ubicará físicamente en uno de los puntos de mayor escasez de agua de España, aspira a captar ideas, talento y capital a nivel global.

Cajamar Innova, que así se llama la iniciativa, está en la recta de salida y hacia finales de 2020 comenzará su actividad. Y esperamos que esta sea tan transformadora como en su momento fue el propio nacimiento de las cajas rurales que conforman el Grupo Cooperativo Cajamar.

David Uclés Aguilera

Área de comunicación en Grupo Cajamar