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El papel del cooperativismo en la competitividad de nuestro sector agroalimentario

La fórmula cooperativa, tantas veces identificada con el atraso del mundo rural, sobre todo en el contexto español, está plenamente vigente en la actual economía global, y puede actuar como una herramienta competitiva de primer orden. Como de hecho sucede en los países más avanzados de nuestro entorno (EEUU, Holanda, Alemania, etc.), y como vienen demostrando las propias cooperativas españolas desde mediados de los años 70.

En las últimas décadas la actividad agraria se ha transformado radicalmente. En apenas dos generaciones hemos pasado de lo rural a lo agroalimentario; de la producción campesina mayoritaria dirigida en su mayoría a los mercados locales a la hegemonía global de la industria de la alimentación.

En el caso español, hace tiempo que la agricultura orgánica, las prácticas tradicionales del medio rural, dieron paso al paradigma de la agricultura comercial, de modo que los productores transitaron definitivamente de campesinos a agricultores. Queda pendiente todavía en muchos casos la evolución definitiva de agricultores (meros proveedores de materia prima sin elaborar) a empresarios agrarios.

En ese proceso, impuesto por la lógica del mercado, el asociacionismo es una vía preferente, en tanto que la cooperación hace posible lo que el aislamiento impide: la capitalización de las infraestructuras y la cada vez mayor captación de valor añadido en la cadena de comercialización.

La agricultura española comenzó a mostrar los primeros síntomas de modernización en los años sesenta, con la revitalización del mercado interior y, sobre todo, la progresiva recuperación de los mercados europeos para los productos mediterráneos, una vez superado el largo período de aislamiento de la posguerra. En este contexto, fueron en buena medida las cooperativas agroalimentarias las que asumieron la responsabilidad de responder a la demanda creciente de las naciones industrializadas de la vieja Europa, en la que comenzaba a organizarse el Mercado Común adonde se dirigía ya, a la altura de los años setenta, buena parte de la producción anual española de frutas y hortalizas.

Tanto la implantación de un nuevo marco normativo en los países de destino (la Política Agraria Común), como la posterior integración de nuestro país en la Comunidad Económica Europea no hicieron sino aumentar las exigencias impuestas a los productores, y en este sentido las cooperativas de producción y comercialización jugaron un papel fundamental, convirtiéndose en auténticos vectores de racionalización y modernización de la agricultura española.
A través de las empresas cooperativas ya existentes y de las muchas que fueron creándose a partir de los años setenta y ochenta, el agricultor pudo tener acceso a las nuevas técnicas de producción y a la información relevante acerca de los mercados, a las que de otra forma le habría sido imposible llegar.

En el actual sistema agroalimentario mundial, la demanda, bien organizada en las grandes cadenas minoristas, presiona a la baja los precios de las commodities agrarias. A la oferta, a los productores, todavía dispersos y desconectados, solo les queda responder a esta situación de desequilibrio con una organización mucho más eficiente. Ante la permanente crisis de precios solo es viable, a largo plazo, una respuesta orientada al mercado, dirigida a los nuevos retos que este no deja de plantear. Si, por el contrario, la cooperativa permanece inmóvil, quedará inevitablemente abocada a jugar un papel testimonial en el nuevo sistema agroalimentario mundial, cuando no a desaparecer.

La empresa cooperativa debe guiarse por idénticos parámetros de competitividad que cualquier otra empresa. No hay ninguna cuestión de procedimiento ni de gobernanza que impida que las cooperativas, manteniendo su espíritu societario, actúen en su desempeño diario como el resto de agentes económicos. Es más, de hecho la fórmula cooperativa actúa positivamente sobre una de los problemas estructurales del campo español: la excesiva atomización de la oferta.

Ante el reto de la dimensión, los diversos caminos de la integración cooperativa ofrecen una solución factible a corto plazo para unir esfuerzos, criterios, volúmenes de producción y capacidad de negociación en los mercados.

David Uclés Aguilera

Director del Servicio de Estudios Agroalimentarios del Grupo Cajamar