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Durante años, la educación financiera dirigida a las personas mayores se ha centrado en enseñar conceptos básicos como la elaboración de un presupuesto, el uso de la banca electrónica, la planificación de la jubilación o la gestión del ahorro. 

Sin embargo, la rápida digitalización de los servicios financieros ha introducido un nuevo desafío que hoy ocupa un lugar prioritario: la protección frente a las estafas.

Las estafas financieras han evolucionado al mismo ritmo que la tecnología. Los delincuentes ya no necesitan acceder físicamente a una cuenta bancaria. Basta con manipular psicológicamente a la víctima para que sea ella misma quien facilite sus datos personales, entregue sus claves o autorice una transferencia.

¿Por qué las personas mayores son un objetivo?

Conviene desterrar algunos estereotipos. Las personas mayores no son víctimas porque tengan menos capacidad para comprender la tecnología. De hecho, muchas utilizan con normalidad herramientas digitales y realizan operaciones bancarias de forma habitual.

Lo que aprovechan los estafadores son otros factores: 

  • El desconocimiento de las técnicas de ingeniería social.
  • La presión emocional que generan los mensajes de urgencia.
  • La menor familiaridad con determinadas amenazas digitales emergentes.

La prevención empieza antes que la tecnología

Las herramientas de seguridad de las entidades financieras son cada vez más avanzadas. Sistemas de autenticación reforzada, biometría, detección automática de operaciones sospechosas o verificación en dos pasos contribuyen a reducir el riesgo.

Sin embargo, ningún sistema tecnológico puede sustituir al criterio del usuario.

La primera barrera de protección continúa siendo la prudencia. Aprender a desconfiar de las comunicaciones inesperadas, verificar siempre la identidad del interlocutor y evitar actuar bajo presión son hábitos mucho más eficaces que cualquier programa informático.

En educación financiera, esta capacidad crítica resulta tan importante como conocer el funcionamiento de una cuenta corriente o una tarjeta bancaria.

Cinco hábitos que reducen significativamente el riesgo

La protección frente al fraude no depende únicamente del conocimiento tecnológico. También requiere adoptar una serie de rutinas sencillas que reducen considerablemente la probabilidad de sufrir una estafa:

  1. Nunca facilitar claves, códigos de verificación o contraseñas por teléfono, correo electrónico o mensajería instantánea.
  2. Acceder a la banca digital escribiendo directamente la dirección oficial de la entidad, evitando enlaces recibidos en mensajes.
  3. Confirmar cualquier solicitud urgente de dinero mediante una llamada al familiar, empresa o institución implicada utilizando canales conocidos.
  4. Mantener actualizados los dispositivos y utilizar sistemas de autenticación reforzada cuando estén disponibles.
  5. Consultar con una persona de confianza o con la propia entidad bancaria antes de autorizar operaciones que generen dudas o impliquen cantidades importantes.

Estos hábitos no requieren conocimientos técnicos avanzados, pero sí formación y práctica.

Otro hábito que recomendamos a nuestros seniors es visitar nuestra ZONA 60.0, donde pueden encontrar una serie de vídeos de ayuda que describen cómo realizar acciones cotidianas desde dispositivos digitales.

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